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jueves, 15 de abril de 2010

No da espera

Sí que nos han dado palo con lo mismo pero el hecho de que ya lo sepamos, de que nos hayan metido el asunto hasta por las orejas y de que incluso se haya vuelto un cliché, no le resta validez a la idea ni tampoco significa que no sea de suma importancia recordarlo cada que podamos y ponerlo en práctica día a día.
Estoy hablando de aprovechar el instante, de la incertidumbre del minuto siguiente, de la fragilidad de la existencia.
Es que no hay cómo. Realmente no hay cómo estar seguros de que llegaremos vivos al año, al mes, al día siguiente, es más, ni siquiera podemos confiar en que seguiremos con vida dentro de una hora.
Nadie está exento de una enfermedad fatal, de ser víctima de un "desastre" natural, de un accidente, de una bala perdida.
Muchas veces llevamos nuestra existencia con total indiferencia frente a nuestra finitud, frente a nuestra fugacidad. Aplazamos una y otra vez la oportunidad para expresar un sentimiento, para pedir una disculpa, para enmendar un error y, lo que es peor aún, para alcanzar el bienestar.
Que llevo un año sin vacaciones/Que no me hablo con mi ____ desde hace 3 días/ Que esta semana no tengo ni un minuto para verte/ Que llevo 4 días sin dormir y sin comer bien por estudiar/ Que no tengo tiempo libre/ Que estoy que me reviento de preocupación porque tengo un parcial, una reunión, una entrega de lo que sea/Que fulanito me dejó y estoy hundida en la depresión. ETC.ETC.ETC.
NO es tan importante. Realmente no lo es.
Sale tu mamá en el carro, medio te despides (o no lo haces), a las dos cuadras se la lleva por delante una buseta. Fin de la relación.
Te matas estudiando los primeros 2 meses del semestre, al tercer mes descubres que tienes cáncer, SIDA, Lupus. Fin del semestre.
Sales apuradísimo al trabajo porque tu jefe va a molestarse mucho si vuelves a llegar tarde, vas de tanto afán que al cruzar la calle ni ves la moto. Ambas piernas fracturadas. Fin del empleo por un buen rato.
Te resbalas y caes mal: silla de ruedas. Fin del movimiento.
Te vas al fin de paseo y quedas debajo de una tractomula. Fin de tus oportunidades.
FinFinFin.
Créelo...está realmente a la vuelta de cualquier esquina y casi nunca otorga segundas oportunidades.
"¡Qué pereza, está lloviendo!"...ese podría ser el último aguacero que ves, esta podría ser la última tarde que ves con vida a ese familiar, ese amigo, esa persona que tanto estimas. No te diste gusto en todo el día, te la pasaste renegando y atormentándote por esto y aquello...en la cena te atragantas con un pedazo de carne, mueres asfixiado y ese amarguísimo día fue el último de tu existencia.
Tenaz.
Hay que hacer un esfuerzo consciente por sacarle el jugo a cada día,por más complicado que pinte, por más que las ganas falten. Hay que hacer lo posible por expresar las cosas a tiempo, por relajarse, por darse cuenta que lo que sea que nos esté robando la calma, no es tan importante ni trascendental como pensamos. No pongas el estudio ni el trabajo ni las cosas materiales por encima de las personas que amas. Replantea tus prioridades. Saca tiempo para ti, eso sí que es importante y necesario.
Es bien difícil mantener todo esto presente, al menos para mí aún lo es... por eso intento recordarlo cada mañana antes de "empezar el día" y me está dando buenos resultados. Me tomo el atrevimiento de aconsejárselo a cualquiera que haya leído hasta acá. Hagan el ensayo...que no trae sino cosas positivas.
D
15/4/10

domingo, 7 de febrero de 2010

Choque térmico


Las efímeras alegrías son como la comida rápida....llenan pero no alimentan...trás sus provocativas fachadas encontramos satisfacción al instante pero también un ramillte de males futuros que en el momento nos tienen sin cuidado pero cuando el daño es evidente y-muchas veces- irreparable, nos carcome el remordimiento. Es la tristeza la que nutre...sí, la tristeza es como las verduras...de desagradable sabor pero altísimo valor nutricional (aunque a mí me gustan las verduras y también disfruto, en cierto modo, la tristeza).
Ya quisiera tener la alegría las raíces que tiene la tristeza.
La alegría es un frágil diente de león vulnerable al más leve soplo del viento, se desvanece tan rápido como el atardecer...es como el atardecer...hermoso y corto...inevitable preludio de la oscuridad imponente. Y así es la tristeza, como la noche: larga, sólida, inamovible. La alegría se va cuando le da la gana, muchas veces antes de tiempo, antes de haber tenido suficiente. La alegría es como un eyaculador precoz....nos alborota y luego nos deja con ganas de más, insatisfechos.
La tristeza, en cambio, es más sabia...y sólo se va cuando realmente es el momento de su partida. Cuando por debajo de la piel las cosas han sanado, cuando por encima de la piel las cosas han cambiado. Es como una madre curando la rodilla raspada de su hijo. Me duele mamá, no me toques, no me eches eso por favor, me arde....shhh shh, déjate, es por tu bien, vas a ver cómo "mañana" amaneces mejor...y es cierto. Mamá tristeza nos abraza, nos aisla para que podamos concentrarnos en la transformación que nos devolverá el sosiego, una transformación real y duradera al contrario de las mutaciones superficiales y temporales que suele desencadenar la alegría. De no ser por la soledad y el ensimismamiento que trae consigo una buena tristeza, no le dedicaríamos suficiente tiempo al pensamiento profundo, al reconocimiento del error, a la búsqueda de la solución. Muchas personas dicen odiar la tristeza, la desprecian sin darse cuenta que gracias a ella se han fortalecido, que gracias a ella han realizado los cambios más importantes...aquellos que los han llevado hasta donde están. Es realmente a punta de tristezas y no de alegrías que alcanzamos la madurez pues la alegría es simple frenesí, es irracional, cuando se está contento no se piensa en nada más y, muchas veces, en nadie más. La alegría es egoista y ciega. La tristeza nos obliga a reestablecer los vínculos, a buscar compañía, nos vuelve humildes y solidarios. En la alegría están todos presentes pero es únicamente la tristeza la que nos confiesa quiénes son nuestros verdaderos amigos, la que nos susurra si la pareja de turno es capaz de sostenernos o no....Y, al igual que la enfermedad nos hace caer en cuenta del incalculable valor de la salud, la tristeza nos mueve a aprovechar con más ganas las efímeras alegrías (situación que no sucede al contrario jamás).
Hay que aprender a quererla, a entenderla, hay que adoptar las lágrimas y permitirles correr. Hay que llorar, hay que gritar, hay que putear, patalear, hablar, destruir, exorcizar hasta que sea realmente suficiente...porque lo que quede adentro crecerá de nuevo en el futuro, como semillitas aberrantes, y será peor.
Debemos deshacernos del miedo a la depresión y hundirnos en ella con ganas...tocar fondo para luego impulsarnos con los pies...igual que en un estanque... y salir renovados a seguir caminando por el pedregoso camino de la cotidianidad, sembrado de efímeras alegrías...hasta el próximo charco triste en que debamos zambullirnos...
D
7/2/10