
Mi casa se ha vuelto un hospital. Un típico hospital donde hay más enfermos que camas y donde las medicinas o no son suficientes o no son efectivas curando tanto malestar. En este hogar-hospital hay enfermos de años y de cansancio...hay enfermos de amor y de lujuria, enfermos mentales sin diagnosticar y enfermos de profunda tristeza. Por los pasillos descuidados deambulan enfermos de pubertad y frustración, enfermos de pobreza y mala suerte, enfermos de encierro y esquizofrenia. Hay fracturas en las piernas, almas infectadas, corazones funcionando más o menos. Hay esperanzas amputadas y sentimientos en cuidados intensivos. Está la vida enferma y la muerte muy encima. Hay sólo un doctor en potencia y en duda constante, un par de enfermeras obstinadas en exprimir hasta el último aliento de vida de un cuerpo agotado y marchito, el cuerpo de quien fundó, a fin de cuentas, la mitad de este hospital. Hospital de mujeres y de ruido. Se oyen llantos y lamentos, ladridos, máquinas de oxígeno, música, gemidos, voces extrañas, gritos y uno que otro "te quiero". Hacen falta más coraje y más abrazos terapéuticos. Hace falta más silencio y más espacio. Falta todavía soportar con gracia y salir victoriosos del caos absoluto de la muerte. Lo lograremos, verán. Este hospital, al fin y al cabo, tiene enfermos de huesos fuertes y dientes sanos que siempre encuentran de nuevo el camino de la sonrisa. Porque hay motivos y hay remedios.
Me voy a pasar ronda.
D
14/4/11